Escrito por: María Cristina Navia Casanova
Hemos nombrado con el mayor cariño a Emilia como nuestra Mary Poppins de la Lactancia, por la magia que trajo a nuestra casa el día que nos visitó por primera vez. Y ésta es nuestra pequeña historia:
Durante el embarazo, recibimos muchos consejos con las mejores intenciones y cariño, entre ellos que lo mejor que podía hacer era darle de lactar a Judith, pues la fórmula era una alternativa, que nunca reemplazaría la calidad de la leche materna. De la mano estaban las recomendaciones de formar los pezones con tiempo para que no sufriera con las grietas que suelen ser una pesadilla. Sinceramente, poco o nada hice al respecto, menos aún cuando leí que podía provocar contracciones. En mi mente solo tenía claro que debía darle el pecho a Judith y la verdad no me informé más sobre el tema.
El 29 de enero de este año, a las 08:06 pm, nació Judith, no hay palabras para describir lo que sentí al escucharla llorar y al verla por primera vez… volví a ver a mi pequeña en el cuarto del hospital a la 01:30 am cuando me sentía muy cansada por la cesárea y aceptamos la sugerencia de llevarla a la sala de neonatología con los demás bebés recién nacidos, pues pensamos, siendo padres primerizos, que sería para el mayor bienestar de nuestra hija. Ahora sé que debí tenerla conmigo desde el principio.
Al siguiente día, a las 09:00 tuve a Judith en mis brazos nuevamente y la enfermera que la llevó nos motivó a intentar darle el pecho, pero oh oh “no agarraba el pezón”, seguramente porque conoció el biberón antes que a mí y varias fórmulas habían saciado su hambrecita desde que nació. Empecé a intranquilizarme, los consejos no cesaban y los mismos se convertían en reproches que yo misma me hacía, venía a mi mente la frase de recriminación ¡¿Por qué no me preparé los pezones?!
Varias fueron las personas que me ayudaron a intentar que Judith se enganchara a mi pecho. Recibí muchos consejos, pero “¡faltaba formar y fortalecer mis pezones!” . Me recomendaron: utilizar una jeringuilla, ponerme pezoneras de silicón (compramos de varias marcas), masajes con mis propias manos, me extrajeron leche en el lactario del hospital, etc… y nada resultaba… ¡lloré desconsolada! La emoción nos embargaba cuando parecía que nuestra hija empezaba a lactar pero no lo lograba. El llanto también era de mi hija y nuestra respuesta era darle un biberón con fórmula lista y preparada para tomar directo de la pequeña botella.
Llegó el momento de dejar el hospital y así pasaron varios días en casa, intento tras intento, reproche tras reproche, tiempo invertido en charlas con amigas que me contaban su experiencia y lecturas interminables en Internet, los biberones se convirtieron en mi peor enemigo (varias horas se destinaban a la limpieza y desinfección), no quería que mi hija tomara más fórmula.
Hubo momentos en los que Judith se enganchó a mi pecho usando los pezones de silicón, probablemente por su parecido con el chupón del biberón, pero no se conectaba conmigo directamente, yo añoraba sentirla y que se alimentara de mí. No me sentía una mujer completa, estaba recuperándome de la cesárea y pensaba que no era importante, que alguien podía darle el biberón y que mi presencia o no, era secundaria. Dolor en el alma era lo que sentía.
La pediatra de Judith nos había dado el contacto de una enfermera especialista en lactancia, Emilia, pero mi necedad por lograrlo sola hizo que no la llamara enseguida. Pasaban los días, la desesperación era mayor, leía y me convencía cada vez más de lo importante que era que Judith recibiera su leche materna. ¡Lo decidimos! Nos contactamos con ella y nació una esperanza.
Llegó el día de su visita, la recibimos junto a mi esposo, escuchamos atentos su charla y empecé a sentir paz cuando nos contó que no es necesario “hacerse” o prepararse los pezones, que existe una gran variedad anatómica de pezones como hay variedad de mujeres y que ellos son sólo el ducto para que salga la lechecita, que debíamos lograr un correcto enganche y succión. Aprendimos de anatomía, de fisiología, sobre cómo funciona nuestro cuerpo… Pasamos después a la enseñanza práctica, dónde lo logró… logró que Judith se enganchara a mi pecho, me parece que bastaron diez minutos, con técnicas para tomar a nuestra niña, como ofrecerle el seno, como facilitar su respiración… fue pura magia. Nuestros rostros eran un poema, no podíamos con tanta felicidad.
Una hora de asesoría con Emilia nos cambió la vida. Ella es una profesional a carta cabal, sobre todo una persona llena de amor por su vocación, es una persona que deja un verdadero legado y aporta a la sociedad, con lo más importante, algo que ayuda en serio a las familias de hoy.
Desde ese momento, todo ha sido posible con constancia y paciencia, más la confianza en mí, que a veces faltaba, pero que se recuperaba con los consejos de Emilia y en la visita mensual a la pediatra de Judith, que nos dice que su peso está muy bien y nos felicita porque está sanita.
Este logro se lo debo a la asesoría de Emilia, al apoyo incondicional de mi esposo, de mi mamá, de mi suegra, de nuestra familia más cercana. Judith, es una niña feliz y yo una mamá agradecida con Dios por poder alimentarla, darle lo mejor de mí, porque sentirla cerquita, olerla tan rico, que estemos calientitas una junto a la otra, no tiene precio.
Basada en mi experiencia, quiero dejarles estas tres ideas para recordar:
- Tranquilas, todas las mujeres somos capaces de amamantar a nuestros bebés.
- No esperen a tener a sus bebés en sus brazos para prepararse para la lactancia, si yo hubiera sospechado algo de lo que venía, hubiera llamado antes a Emilia… les estuviera escribiendo otro testimonio, también lleno de gratitud pero distinto.
- Pidan que sus bebés las acompañen lo antes posible, la naturaleza hace su trabajo, hagan que sientan su pecho, su calor, su amor apenas puedan.
Gracias Emilia, gracias familia.